La mentira del triunfo – Capítulo 10

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Competir por una cifra siempre es absurdo. Las competiciones deportivas individuales dan la gloria o la vergüenza por una cuestión de décimas. Y aunque el buen deportista no compita para superar a los demás, sino para superarse a sí mismo, la realidad es mucho más complicada: competir de esa manera requiere de una mente y una claridad individual que no son entrenadas durante los años de competición. El exterior juega un papel demasiado grande. De ahí que un deportista que ha competido conserve siempre esas cicatrices emocionales: la necesidad de ser reconocido, la insatisfacción, la posibilidad de tener algo que sea aún un mejor resultado. Un resultado que sea observado y juzgado por personas ajenas, y en cuya aprobación todos puedan coincidir. Con el tiempo se olvidan esas cosas, pero nunca desaparecen.  

Pues resulta que la tradición pedagógica que hemos heredado o, como yo la he llamado en otros artículos, la escuela del machaque, también planta de manera muy temprana esa semilla de la competitividad en los chicos y chicas que sienten la vocación por el arte. Da igual si se trata de teatro, da igual si se trata de la música, uno debe ser el mejor. Y el mejor es el que más cosas hace, el que mejores notas saca, el alumno al que todos admiran. El mejor puedes ser tú y a veces puede ser tu compañero, de manera que no te relajes mucho. Y así para siempre jamás.

El gran problema es que se nos enseña a competir solos, contra nuestros iguales. Nos sentimos amenazados. Comienza un extrañamiento del que, a lo largo de nuestra vida, nunca nos vamos a recuperar, independientemente de que nos vaya bien o mal. Una forma de ser a la que no se nos obliga directamente, pero que está promovida por la propia naturaleza del sistema.

Después de pasar esa etapa escolar, las personas están deseando librarse de la sensación de competitividad. De ahí que la gente opte por un puesto fijo en cuanto tiene ocasión (aunque no hay que olvidar la horrible crisis de los sueldos en nuestro país, donde el trabajo se paga generalmente muy mal) antes de perseguir lo que realmente les gustaría hacer con su vida. El miedo al fracaso está instalado de manera imborrable, ya que siempre puede darse el caso de que tengas que competir una vez más en tu vida, y esta vez pierdas. Alrededor de la palabra Triunfo (¿a alguien le suena un conocido show de televisión?) se genera toda una literatura, amamantada por el periodismo, por las revistas y el morbo cotilla –“el famoso ganador de los premios de fórmula uno, la ex miss universo, el mejor de su promoción en la facultad”—para hacernos creer que todas esas cosas son necesarias para alcanzar nuestros objetivos.

Mi padre repite siempre desde que soy pequeño que la diferencia entre un asno conocido y un as no conocido es la oportunidad. Y yo agrego que nuestro trabajo es generar esas oportunidades. Uno debe plantearse seriamente qué quiere aportar al mundo (puede ser como artista o como músico, pero también puede ser como un valioso ser humano) y a partir de ahí, desaprender todo lo que le han enseñado sobre la competencia, sobre los resultados y sobre el triunfo. Con todo esto en la mente, muchos ni siquiera se atreverán a arriesgarse y salirse del camino pautado, por el miedo al fracaso. Y otros sentirán que deben seguir siempre la misma línea recta, para poder llegar finalmente al triunfo.

No existe fracaso ni triunfo que vaya siempre en línea recta, o con una ruta marcada. El camino de ser premiado o reconocido académicamente no tiene por qué llevarte al objetivo que tú estás persiguiendo, y es probable que no lo haga (me remito a tantas historias de ganadores de concurso de música internacionales que han renacido como artistas después de abandonar la necesidad de estar constantemente compitiendo para poder hacerse un lugar), mucho más claramente en carreras donde la creatividad y la originalidad juegan un papel tan primordial y necesario.

Los conservatorios deben cambiar para no hacernos esclavos antes de salir del cascarón: nuestra libertad y mente crítica son nuestro valor más importante en la actualidad.  

Darío Meta

Sobre mí Darío Meta

Darío Meta (25 años). Pianista. He vivido y estudiado en Guadalajara, Madrid, Salamanca, Friburgo (Alemania) y actualmente en Lübeck (Alemania). Me interesan el cine, la improvisación, la divulgación cultural y la música de todas las épocas y estilos. Becario de la Fundación Alexander von Humboldt.

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