Soy músico y tengo un problema de salud, ¿qué hago?

Si yo hubiera leído un artículo similar a este en aquel entonces me habría ayudado mucho; pero dado que no lo encontré, hoy lo escribo yo. Porque lo cierto es que una de las principales sensaciones que recuerdo haber tenido durante aquella etapa fue la de una incomprensión casi total por parte del gremio.

Los músicos, incluso el que menos, somos todos críticos. Y en mi experiencia me he encontrado muchas veces con la siguiente línea de pensamientos:

Tiene dolor al tocar = No toca correctamente / Yo sí lo hago.

La debilidad del prójimo nos hace más fuertes. No juzgo a nadie, pero los músicos a veces nos estimulamos de maneras insanas. Esto sin darnos cuenta afecta a la persona que tiene el problema de salud, que siente rechazo e incomprensión, y opta por el silencio. Una equivocada sensación de vergüenza surge.

Otra de las grandes cargas del músico es su trayectoria académica. En mi caso, tuve un accidente el año en que terminé el grado superior: tenía por delante metas que me había impuesto, objetivos por cumplir… y tras un apurado mes de reposo sin haber tocado, recomencé a estudiar, como si nada. El dolor entonces estaba justificado médicamente, dado el poco tiempo que había pasado desde el accidente, así que estudié. Estudié mucho y con dolor. Hice el recital final y obtuve matrícula de honor (me gusta pensar que valió la pena). Estudié más y realicé las pruebas para la HEM. Entré siendo el primero de la lista (valía la pena). Ese verano, agobiado por estar al nivel de la nueva etapa, no descansé y realicé cursos de verano para llegar en plena forma a septiembre. La prioridad era no decepcionar a nadie. Dos años después acabé el máster con la nota más alta en mi especialidad. Los recitales y audiciones los hacía dándome previamente un gel antiinflamatorio, antes de entrar al escenario. ¿Valía la pena?, empezaba a sospechar que no.

En octubre de 2013 se desató la última etapa. No alcancé a estudiar lo suficiente para realizar audiciones en orquestas, objetivo que me había propuesto para ese año. Asumí que tenía un problema no de un modo fácil, haciéndoselo saber a mi maestro, familiares y amigos. Decidí aceptarlo y buscar solución. No quería más “igual es que estudias mucho” ,”a lo mejor hacer más deporte te iba bien” o “¿y no será ya una obsesión y en realidad no te duele tanto?”. Necesitaba apoyo.

La búsqueda de profesionales en el campo de la interpretación musical está llena de “parches”; de “especialistas” que saben que tienes una contractura aquí, otra allá y cómo quitarlas. Sueles escuchar que necesitarás tres o cuatro sesiones, pero a esto ya había recurrido en una etapa en la que pensé que era algún tipo de sobrecarga. Finalmente llegué a la conclusión de que necesitaba a alguien que supiera más. En esta búsqueda es importante no desesperar. He conocido el caso de dos compañeros que tardaron mucho más tiempo que yo en encontrar alguien que entendiera qué es lo que tenían.

En mis reflexiones he intentado relacionar todo esto que cuento con las etapas psicológicas del duelo (Fase de Negación, Fase de Enfado, Indiferencia o Ira, Fase de Negociación, Fase de Dolor Emocional y Fase de Aceptación).

He deducido que estuve durante casi los primeros tres años enteros moviéndome en círculos entre las primeras tres:

  • Fase de negación: Creencia absoluta de que era algo temporal y solo debía esperar a que se fuera, cuando el tiempo indicaba lo contrario. Autoconvicción de que no dolía ni molestaba tanto.
  • Fase de enfado: Ésta más que una fase fue una constante; tocar perdió la parte de placer. Un disgusto constante estaba presente.
  • Fase de negociación: Ideé modos de estudiar; pausas, trabajo sin instrumento, repeticiones separadas, sesiones cortas de estudio. Todo por llegar a un acuerdo con aquella realidad.
  • Fase de dolor emocional: El carácter me cambió progresivamente hasta que al final era evidente incluso en el entorno. Por suerte creo que tengo un temperamento poco autocompasivo y verme tan mal me empujó en menos de un mes a la aceptación.
  • Fase de aceptación: Toma de conciencia de las consecuencias si no es recuperable. Escepticismo pero confianza en que hay que buscar solución. Etapa emocionalmente frágil pero con determinación a asumir lo que sea después de haberlo intentado todo.

Después de encontrar un especialista:

En mi experiencia, la especialista que me trató me dió una serie de ejercicios que debían convertirse en mi rutina diaria. Una gimnasia muy simple, aparentemente inocua que debía realizar todos los días en dos o tres sesiones breves. Hacerlos bien, siendo consciente de todo. Comprender los ejercicios era la prioridad. En la primera etapa, que duró un mes, estudiaba una hora al día esperando ver los resultados. Los dolores se movían, cambiaban, pero no se podía decir que mejoraran en el término absoluto de la palabra. No hay que desesperar, y en mi caso me sirvió mucho relativizar las cosas; un mes o dos de rehabilitación poco podían hacer contra casi cuatro años de mala praxis corporal. El horizonte académico me permitió no tener ningún compromiso que no pudiera enfrentar satisfactoriamente en el estado en el que me encontraba, así que no anulé la matrícula, cosa que me había planteado cuando decidí comenzar la rehabilitación.

En junio de 2014 ya llevaba ocho meses de rehabilitación y los especialistas con los que trabajaba estaban animados con el progreso que estaba mostrando. Solo restaba continuar, el tocar con normalidad aún no era posible, las molestias volvían aunque más diluidas al principio. Durante los tres meses de aquel verano me focalicé en los ejercicios y traté de fijar un objetivo alcanzable al que llegar en el nuevo modo en que lo hacía, sin presión ni desmotivación en el caso de que así no fuera. Así fue como decidí preparar una audición para la que había sido preseleccionado a principios de septiembre. Estudiando en dos sesiones de una hora cada día, además de los ejercicios y algo de bicicleta estática pasé el último mes del verano.

Finalmente, realicé la prueba. No quedé muy delante en la graduatoria, pero yo salí con una sonrisa de oreja a oreja; era la primera vez desde aquel accidente en que había tocado sin dolor. Estaba en el buen camino.

Sólo queda continuar.

Adrián Matas.

 

Adrian Matas

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