Por qué deben cambiar los Conservatorios – Capítulo 1

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Capítulo 1: Los conservatorios como centros para la formación, divulgación y promoción de la música

Quiero pasar a relatar una situación personal que me ha impulsado definitivamente a ponerme a trabajar en esta serie de artículos y no dejarlo para más adelante. Hace unas semanas tuve la oportunidad de ser ponente en un evento TEDx, una serie de conferencias de 18 minutos de duración como máximo, donde uno debe explicar una idea muy concreta que valga la pena que los demás conozcan; en mi caso era una charla sobre la importancia de disfrutar de la música en directo, ya que tenemos muchos y muy buenos artistas en nuestro país capaces de hacernos disfrutar y ofrecer un gran nivel. Al salir, mucha gente se acercó para decirme que le había gustado la charla, pero la mayoría lo hicieron también para decirme que habían tenido una experiencia traumática con la música: se sentían frustrados porque tuvieron que abandonar el conservatorio a una edad temprana, pero, sin embargo, su amor por la música seguía intacto. Hablar con ellos era volver, en momentos y lugares distintos, a los problemas que tanto mis compañeros músicos como yo tantas veces hemos enfrentado: tal o cual persona lo dejó porque no podía con el colegio, o no soportaba la exigencia de tal profesor, o, en varios casos a mí el solfeo me mataba y nunca aprendí bien. La colisión tan frecuente entre la “vida real” y la “vida musical”.

Si hoy en día tenemos la mejor generación de músicos de la Historia en España -que llenan las plazas de postgrado de las más importantes escuelas europeas y están en los atriles de las orquestas más potentes- es, en gran parte, gracias a nuestro sistema de conservatorios públicos. Por supuesto, siempre ha habido y habrá excepciones: algunas destacadas y elitistas escuelas privadas en nuestro país han conseguido labrarse una marca a base de “producir” los mejores alumnos y tratarlos como verdaderos profesionales de la música: exigencia máxima, festivales de primer orden, giras, imagen y redes, excelencia, tablas, contactos, etc.  Un modelo y una estructura que merece nuestro máximo respeto pero, en definitiva, completamente inalcanzable para conservatorios y escuelas públicas, que no tienen ingresos o mecenazgo de patrocinadores tan potentes como bancos, aseguradoras y grandes empresas. Y tampoco ingresan los precios de matrícula que cobran otras escuelas o universidades privadas.

 

Lo cierto y lo real es que no todos somos hijos de un director de orquesta y una pianista que tenían claro que seríamos músicos desde que nacimos.  Lo cierto es que no todos vinimos al mundo en una familia de músicos que tomara las decisiones difíciles por nosotros – como esas de invertir tanto tiempo durante la infancia y la adolescencia – y que espolearan nuestra disciplina y nuestro trabajo del vibrato y la afinación, por decir algo. Tampoco nacimos en Taiwán ni en Rusia hace unas décadas, donde nos habrían puesto a tocar el piano con 3 años quisiéramos o no. Nosotros, por el contrario, tuvimos a nuestros profesores y tutores -a los que tan agradecidos debemos estar- y lo que aprendimos con ellos para decidir si estábamos preparados para dedicarnos a la música de manera profesional.

 

Muchos estudiantes vivimos tan naturalmente y con tanta intensidad la música y nuestro día a día, que ni siquiera nos planteamos estas cosas que tanto se repiten (si hemos sacrificado algo que nos gustaba por estudiar chelo o si valió la pena todo el tiempo que hemos invertido en aprender a tocar la flauta, si nunca más la hemos vuelto a tocar después de acabar el instituto). Pero lo cierto es que para otras muchísimas personas, estos temas y estas frustraciones son una realidad. Algo que vive con ellos cada día, como vivimos nosotros con la música, estemos o no estudiando, estemos o no tocando. Amén de la cantidad de verdaderos profesionales de la música que también viven su día a día musical o académico con tremendas frustraciones.

>>“Pero, ¿por qué?”<<

La realidad es que muchas de las familias que animan a sus hijos a estudiar música no son familias de músicos. Son, por el contrario, familias que respetan y aman la música por lo que representa. De todos esos “grandes instrumentistas que llenan los primeros atriles de las orquestas europeas” (esta frase les encanta a los críticos de música de los periódicos), un gran porcentaje provienen de familias “ajenas”, en principio, al mundo musical. Con amor a la música, pero sin músicos. Los muggles del mundo musical. Los que saben admirar la magia desde fuera, a veces entendiendo, a veces no entiendo nada. Pero esas familias muggles, queridos amigos, son las que el día de mañana irán a un concierto en el que toquéis vosotros. Y también, probablemente irán igual a un concierto de la Orquesta Nacional o a uno de Katia Buniatishvili.

Esas familias son las que mandan a sus hijos a un conservatorio o a una escuela para estudiar música. Sin pretensiones profesionales al principio, simplemente para que sus niños aprendan. Para que sean creativos, hagan actividades en grupo, puedan cantar y bailar, y también tomarse una tarea “en serio”.  Quizás un día se sorprendan haciendo armonizaciones a capella de un tema de Ed Sheeran en el coche de camino a la playa (a quién no le ha pasado…). No se inscribieron, probablemente, para que alguien descubriera en ellos a la próxima Jacqueline du Pré. Pero después resulta que algunos de esos niños que finalmente contaron con la música en su formación deciden dedicarse profesionalmente a ser músicos. Una vocación que debe ser (supuestamente) alentada y alimentada por las instituciones, maestros, padres, familias… aunque no haya perspectivas laborales a la vista. Y ahí entonces ya no es tan bonita la historia. El temido choque con la realidad tras la etapa formativa. Si hoy en día no hay buenas perspectivas laborales para los músicos (más allá de las tradicionales, que escasean por demás) en, en gran parte, porque la música se encuentra muy desvinculada de nuestra sociedad. Y aquí es donde yo creo que los conservatorios y las escuelas tienen mucho que hacer.

Hablar con aquellas personas tras pronunciar la charla el otro día me dejó muchas cosas dando vueltas en mi cabeza. Gente de la misma edad que mis amigos y yo, y que mira a los músicos con esa mezcla de afecto y extrañeza, como preguntándose cómo hicieron ellos para ser “tan buenos” como para poder plantearse hacer carrera en la música. O, como mínimo, plantearse hacer la carrera de música. “Serían mucho mejores de lo que yo era en aquel momento” pensarán. “Y por eso siguieron”. “Seguramente se esforzaban mucho más y tenían más talento”. Lo cierto es que no podemos saberlo. Probablemente no sea verdad.  Nuestros recuerdos suelen engañarnos y lo que aprendimos como niños no sirve, a veces, para nuestro mundo de adultos. “Bueno, pero hay que tener un talento natural/especial desde pequeño. Y no todos los niños lo tienen“. Para esto hay muchas opiniones. Para un profesor o alguien habituado a escuchar estudiantes, el talento y la capacidad de un músico en ciernes puede percibirse al tocar la primera nota. Lo que no puede saberse nunca es hasta qué punto se puede desarrollar un talento. Algunas personas -como yo mismo- nos hemos convencido de que todos los talentos son en realidad potencialidades suficientemente bien alimentadas (conscientemente o no), y, en los mejores casos, explotadas.  En la mayoría de casos, se trata de destrezas que se aprenden en las edades tempranas. Durante esos años, ciertos conceptos y ciertas capacidades, al igual que ciertas experiencias, se graban a fuego en el cerebro de las personas, y pueden eclosionar durante los años sucesivos, mientras se trabajan a fondo esas mismas capacidades. La capacidad de concentración, la educación auditiva, la coordinación corporal, la capacidad de establecer relaciones entre diferentes conceptos, la sensibilidad, nuestra psicomotricidad, nuestro propio “ámbito” de emociones…  una lista interminable de aspectos cuyas bases se sientan cuando somos aún pequeños para decidir a qué nos vamos a dedicar.

Son estos, por tanto, años de una tremenda importancia a todos los niveles. No nos podemos permitir, como sociedad, que ningún sistema escolar (musical o no) subestime las capacidades de los niños por pequeños que sean. Deberíamos poder asegurarnos de que lo que los niños vivan a esas edades les capacite como miembros de la sociedad: la convivencia, el compañerismo, la empatía, la pertenencia al grupo en el que viven, la asertividad. La vida sin traumas, sin bloqueos emocionales.  Si está en nuestra mano, no deberíamos dejar que un mal profesor (o un profesor demasiado esclavo de la “vieja escuela”) maneje esas esponjitas cerebrales con poco tino. Los primeros maestros de los niños pueden ser determinantes en lo que luego serán sus pasiones y sus talentos.

Necesitamos a los conservatorios y las escuelas públicas. Y los necesitamos funcionando bien, de la mejor manera que seamos capaces de idear. Son trascendentales para que la música siga teniendo el futuro que parecen atreverse a tener tantos jóvenes músicos españoles. Los necesitamos actualizados, con profesores motivados. Los necesitamos abiertos a la adaptación y al cambio en el medio y largo plazo. Las exigencias para ser un profesor para el futuro no pueden, por necesidad, seguir siendo las  mismas que las que fueron para las personas que nos educaron a nosotros. Nuestra generación choca contra un mundo en el que muchos dogmas y costumbres de la forma tradicional de enseñar música simplemente no tienen sentido.

Hoy en día los conservatorios sólo sirven, oficialmente, para ofrecer clases. De un profesor a un alumno. O de un profesor a varios alumnos. Todo lo demás, todo lo realmente importante – la labor de divulgación musical, el contacto con la sociedad más cercana, la parte humana, la promoción cultural a través de conciertos, las ideas de los propios alumnos, las iniciativas sociales, los grandes proyectos y un largo etcétera – no es la función “oficial” para la que están los conservatorios. Y por tanto no cuenta con el suficiente apoyo y la necesaria financiación. Los conservatorios, para dar clase. Y ya está.

Así, y en un galimatías que ya tendremos más tiempo de explicar, queda todo bien cerrado: los gestores y directores de los centros no se pueden profesionalizar. Los profesores que son cómodos no se mueven, y reivindican la tradición antigua y la experiencia como lo único importante. Los que son dinámicos y actualizados no pueden moverse, y reivindican su preparación y sus ganas de trabajar. El sistema y los planes no pueden modificarse, ya que los legisladores encargados de hacerlo están siempre en otra cosa más urgente. Y desconocen, en la mayoría de los casos, la realidad del material que tienen entre manos, y del cual, muchas veces, deciden su destino más cercano.

Por todas estas razones, nos toca a nosotros abrir los espacios para la reflexión sobre este tema. Siempre nos quejamos pero no tenemos claro qué cambiaríamos. Pues bien, ¿qué cambiarías tú? ¿Qué aspectos deberían permanecer como son ahora y cuáles evolucionar? ¿Merecería la pena abrir esta discusión en tu centro? Intentar analizar la situación entre todos puede acercarnos a posibles soluciones.

 

En mi opinión, los conservatorios deben cambiar para ser los nuevos centros de música de la sociedad. Centros que, además de ser de formación, puedan cumplir las tareas de promoción, divulgación musical en la sociedad, creación de conexiones entre familias y alumnos… Claro, para todo  esto se necesitan medios. Pero se necesita, sobre todo, la voluntad. Lo voluntad del cambio y de la renovación para convertirse en los los verdaderos centros musicales del futuro en nuestro país.

 

La serie completa aquí:

 

Darío Meta

Sobre mí Darío Meta

Darío Meta (25 años). Pianista. He vivido y estudiado en Guadalajara, Madrid, Salamanca, Friburgo (Alemania) y actualmente en Lübeck (Alemania). Me interesan el cine, la improvisación, la divulgación cultural y la música de todas las épocas y estilos. Becario de la Fundación Alexander von Humboldt.

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